Por eso de que la vida da muchas vueltas, yo, un tío que lleva desde los 6 años veraneando en el Mediterráneo, ha acabado aprendiendo a hacer Windsurf en Japón. Ha sido en Kamakura, que a tan sólo una hora de Tokyo es un paraíso de la cultura de playa: surferos llevando sus tablas en bicicleta, chicas en bikini, hombros bronceados… easy-life en general.

La idea fue de Sabine y Daan, que encontraron una muy buena oferta en la que, si eras novato, te incluían 5 horas de clase y alquiler de material por una minucia. El sitio lo recomiendo encarecidamente, por lo maja que es toda la gente allí y lo bien llevadas que están las clases. Eso sí, esto del windsurf no tiene nada de fácil, especialmente si se te monta un poco de viento como a nosotros, pero divertido es un rato.

Como estar haciendo windsurf en una isla en el Pacífico lleva, irremediablemente, a filosofar: en la vida, como en el surf para principiantes, lo difícil no es llegar sino volver. Seguro que ni el Gran Buda de Kamakura, tras sus 800 años meditando en este lugar de encanto ha llegado a una conclusión mejor

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